Para tres biólogos gringos, el MichiNobel de Medecina

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Con su trabajo sentaron bases terapéuticas contra el envejecimiento y el cáncer

Son Elizabeth Blackburn, de la Universidad de California en San Francisco; Jack Szostak, del Hospital General de Massachusetts en Boston, y Carol Greider, de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore

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Hamburgo, 5 de octubre. Con su trabajo sentaron bases terapéuticas contra el envejecimiento y el cáncer. Los biólogos estadunidenses Elizabeth Blackburn, Carol Greider y Jack Szostak descubrieron qué hace que una célula envejezca, qué puede hacer para evitarlo y qué ocurre cuando esta reacción se desborda.

Estos conocimientos fueron distinguidos ahora con el Premio Nobel de Medicina, que este año se otorga por centésima vez.

En las células sanas, en cada división celular se pierde un trozo del genoma. Los extremos de los cromosomas, los telómeros, se van acortando hasta que la célula envejece y finalmente muere.

En cambio, las células madres y las cancerígenas tienen una enzima “de la juventud” muy activa: la telomerasa. Ésta adiciona constantemente material genético en los extremos de los cromosomas, de manera que las células se puedan seguir multiplicando y se hagan casi inmortales.

Para lograr este conocimiento fue necesario un largo trabajo de colaboración: Elizabeth Blackburn, de 60 años, de la Universidad de California en San Francisco, descubrió que los extremos de los cromosomas están formados por unas secuencias breves y repetidas de ADN. Estos fragmentos fueron denominados telómeros, del griego telos, final, y meros, parte.

Jack W. Szostak, de 56 años, del Hospital General de Massachusetts en Boston, descubrió que estos fragmentos terminales protegen de los cromosomas evitando que se “deshilachen” o se unan entre ellos, como hacen los anillos plásticos en los extremos de una agujeta. Además, los telómeros se acortan en cada división celular, lo que constituye un proceso de envejecimiento.

Junto con su entonces doctoranda Carol W. Greider, de 48 años, quien trabaja en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, Blackburn descubrió además que la enzima telomerasa prolonga los extremos y por lo tanto también puede ser denominada “enzima de rejuvenecimiento”.

En la Navidad de 1984, la doctoranda descubrió un indicio de la presencia de esta enzima en sus cultivos de células. De esta manera, los tres investigadores sentaron una base para nuevos trabajos científicos sobre cáncer, envejecimiento y determinadas enfermedades hereditarias. Los descubrimientos tuvieron efectos importantes sobre la investigación en todo el mundo.

María Blasco, del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), en Madrid, investigó cuál es el efecto práctico de la telomerasa. “Noventa y cinco por ciento de todos los tipos de células cancerígenas poseen cantidades muy altas de telomerasa”, dijo Blasco con motivo de la entrega del Premio Kõrber 2008. Estas células se multiplican indefinidamente.

Cuando Blasco desactivó esta enzima en experimentos con ratones de laboratorio, los animales murieron por un fallo cardiaco antes de lo normal, debido a un envejecimiento de las células musculares.

Lo particular en estos ratones era su protección natural contra el cáncer. Pese a colocarles tintura cancerígena sobre la piel, prácticamente no desarrollaron tumores.

En cambio, los ratones con una telomerasa muy activa poseían un pelaje espeso y vivían un diez por ciento más que sus congéneres, siempre y cuando no enfermaran antes de cáncer.

La industria farmacéutica realiza investigaciones con el fin de desarrollar medicamentos con telomerasa, que deberían alargar en las células los telómeros que se acortaron.

“Cuando se consumen estos medicamentos sólo durante un periodo corto, el riesgo de desarrollar un cáncer no es demasiado alto, siempre y cuando se dosifique correctamente el remedio”, opinó Blasco. Los telómeros quedan largos.

También existe otra línea de investigación que busca inhibir la actividad de la telomerasa, para hacer que mueran las células cancerígenas.

El presidente del Consejo de la Iglesia Evangélica alemana, Wolfgang Huber, hizo en el pasado referencia a un efecto secundario totalmente diferente de una “fuente de la juventud”, basado en una reflexión filosófica: “Si descubriéramos una enzima de la inmortalidad y fuéramos capaces de aplicarla, nuestra vida temporal ya no tendría futuro.

“La diferencia entre pasado, presente y futuro sólo la puede realizar el ser humano. Y esto siempre y cuando se tenga por un organismo cuya vida y libertad son limitadas.”