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Recuerdo de Bolívar Echeverría

Posted by Fardus on 3:32
RECUERDO DE BOLÍVAR ECHEVERRÍA

Por Carlos Herrera de la Fuente

Quizás no haya signo más coherente de una vida fructífera y creativa que su capacidad de abrir en el mundo imágenes, pensamientos, espacios e incluso tiempos que, de otra manera, hubieran quedado ocultos en la cotidianeidad de una sociedad poco preocupada por ir más allá de su entorno inmediato y por hallar en las experiencias comunes (aun cuando éstas sean experiencias teóricas, digamos, en medio de la academia) rasgos que pongan en cuestionamientos creencias hasta ese momento fijas. Es decir, no hay expresión más auténtica de una vida lúcida y productiva que la de abrir en el mundo y al mundo nuevas posibilidades de vida y de pensamiento, nuevas formas de sentir y de interpretar, de creer y de razonar, sin intentar siquiera aprisionar en una sola expresión limitada la totalidad de acontecimientos que ella misma abre. Vivir, en este sentido, es motivar a vivir y motivar a crear y a pensar, sin censurar las experiencias que este gesto provoca, más allá, en ocasiones, de sus intenciones “originales”. A mí me parece que si esta definición apenas se ajusta para un conjunto no muy amplio de individuos que nos han enriquecido con sus vivencias y sus obras, parece quedar incluso pequeña en lo que respecta a la travesía vital de Bolívar Echeverría.

Maestro formador de un gran número de generaciones en México, su gesto central como pensador, me parece, residió siempre en su capacidad por irrumpir creativamente con ideas allí donde las opiniones de la mayoría habían comenzado a generar la apariencia de teorías consolidadas o, peor aún, de verdades definitivamente establecidas. Su vocación revolucionaria al intervenir, por ejemplo, en el ámbito de la discusión marxista de los años sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado, expresión auténtica de su compromiso político siempre renovado a lo largo de toda su vida, no se manifiesta en mi opinión tanto en su participación activa dentro de esa misma discusión (cosa que, por lo demás, compartió con una cantidad ingente de pensadores y académicos a nivel mundial durante esos años), sino en la forma específica en la que participó dentro de ese debate y en la manera en que dio vida a un pensamiento hasta ese momento apenas si entrevisto, no se diga en México, sino incluso en toda Latinoamérica, por intelectuales como Adolfo Sánchez Vázquez o José Revueltas. Lo genuinamente revolucionario, entonces, de Bolívar Echeverría se debería hallar, más que en su participación comprometida con los movimientos socialistas y democráticos de América Latina y en su contribución teórica para el desarrollo de los mismos, en su vocación innovadora y en todo momento estimulante con la que dejó claro que participar en la “revolución” y ser revolucionario, pueden llegar a ser dos cosas antitéticas.

A contracorriente de la mayoría de marxistas y marxólogos de la época, cuya participación política estaba bien definida dentro de las cuatro paredes de los discursos esclerotizados de la época y para quienes la “verdad” del pensamiento de Marx (al cual extraña vez leían) estaba ya plenamente dilucidada en los libros de Lenin, Stalin, Trotsky, Mao o en los manuales de Marta Harnecker (difundidora de Althusser en América Latina), la “pasión” de Bolívar Echeverría, por llamarla de alguna manera, consistió en volver a la lectura directa de las obras principales del pensador alemán, no tanto para apelar a una lectura ortodoxa y “auténtica” de las mismas (una especie de apego al texto como en el caso del protestantismo respecto a la lectura de la Biblia), sino para que, en conversación directa con el autor de El capital, se pudiera abrir una línea de interpretación que a la vez que alumbrara ciertos aspectos poco claros y pocos conocidos de las ideas de Marx, se creara y recreara este mismo pensamiento de una manera novedosa, colaborando así, sin someterse, con toda una tradición intelectual que si bien tenía en Marx a uno de sus representantes principales, no se limitaba a él ni se había detenido históricamente en él (me refiero, por supuesto, al conjunto de ideas socialistas que desde finales del siglo XVIII empezaron a tomar una estructura teórica y política). De ahí que no hubiera nada más lógico para el trabajo intelectual de Bolívar Echeverría que retomar en sus planteamientos a varios de los autores más iconoclastas y sugerentes dentro de la tradición marxista, como Rosa Luxemburgo, Luckács, Benjamin, Bloch, Lefebvre, Adorno, Horkheimer, Sartre e incluso a otros filósofos y pensadores fuera de dicho circuito, como el caso del espinoso Heidegger o Foucault, o pensadores preocupados por otras cuestiones teóricas como los lingüistas Saussure y Roman Jakobson, el historiador Fernand Braudel o el antropólogo estructuralista Levi Strauss.

Es por ello que, más que pretender encontrar la verdad última del pensamiento de Marx (al que, a lo largo de sus seminarios sobre El capital, primero en la Facultad de Economía y luego en la Facultad de Filosofía y Letras, examinó a profundidad), su objetivo fue siempre formar parte de una tradición libertaria que, en colaboración con el gran pensador nacido en Tréveris, afirmara su proyecto social, político y humano, en general, a través de un replanteamiento y reinvención constantes, cuyo signo característico no era tanto la continuación sino justo la capacidad de renovarse. Así como para el Marx, el fin teórico de Bolívar Echeverría –a contracorriente de la mayoría de marxismos de toda estirpe– nunca fue llegar al esclarecimiento de una especie de sociedad perfecta o de una comunidad plenamente iluminada donde todos los problemas podían ser resueltos o estarían en vías de resolverse, sino comprender las bases económicas, políticas, sociales y culturales sobre las cuales se podría dar la posibilidad de una afirmación plena de las libertades humanas, siempre individuales y dispersas, que, lejos de llevar a una armonía última y a una pasividad somnolienta, serían capaces de dar cabida a una trama específicamente humana, en todo momento compleja e irreductible, ya no sobredeterminada por elementos ajenos que lo terminaran negando, tales como el mercado y el capital. De esta manera, para Bolívar Echeverría, igual que para el Marx de los Manuscritos de 1844, el comunismo no era un fin en sí mismo, sino sólo un medio para la afirmación de la libertad humana en su sentido más amplio y diverso.

Este deseo de afirmar la libertad en su diversidad llevó a Bolívar Echeverría, casi de manera natural, a tratar de comprender los procesos variados en que los individuos de los distintos pueblos y naciones del mundo buscan sobrellevar su existencia en las condiciones precarias en las que los coloca la dinámica capitalista global, así como a intentar dilucidar la manera en la que estos mismos individuos y pueblos se niegan a aceptar, ya sea de manera activa y consciente o simplemente pasiva, las “reglas del juego” impuestas por la obsesión moderna de acumular por acumular. En este punto, su teoría de los ethos modernos, esto es, las actitudes espontáneas que los sujetos de la modernidad asumen frente a la crisis estructural capitalista (la que reproduce y magnifica la contradicción mercantil entre el valor de uso y el valor de cambio), juega un papel relevante para entender las formas en la que estos mismos sujetos viven y se rebelan frente a la existencia fantasmal y omnicomprensiva del capitalismo. Para Bolívar Echeverría no hay algo así como una vivencia o experiencia pura del capitalismo y, por lo tanto, no hay una única manera de oponerse a él o de luchar contra él o de salir de él, sino una multiplicidad de formas por experimentarse que llevarían a una praxis diferenciada en cada caso, ligada a las necesidades, intereses y sueños de cada individualidad y comunidad específicas. El ethos barroco, por ejemplo, llevó a Bolívar Echeverría a ocuparse de la especificidad del mundo hispano y latinoamericano, para comprender su situación histórica y cultural, con tal profundidad que sus intervenciones ya clásicas deben compararse, por su importancia, con otras de gran envergadura, como las que llevaron a cabo en su momento pensadores, escritores y poetas como José Lezama Lima, Severo Sarduy, Octavio Paz y, fuera del mundo hispanohablante, Gilles Deleuze.

La obra de Bolívar Echeverría está inscrita, con toda justicia, en la línea de los pensadores modernos que han asumido en toda su complejidad lo que significa ser y pensar en la modernidad y para la modernidad. Sus libros y textos son un intento profundo por encontrar dentro de los parámetros que la modernidad nos ofrece y promete de manera casi imperceptible, esto es, dentro de sus promesas libertarias ocultas y reprimidas, pero siempre latentes, un camino de esperanza para los individuos que creen que esas promesas y esperanzas son realizables y junto con ellas también otro tipo de modernidad más allá de la injusticia y ceguera capitalista. Ojalá que sus libros sigan iluminando el camino de los que así sueñan. Ojalá que su escritura libre siga provocando caminos de libertad, como lo hizo mientras él estuvo vivo. Las mujeres y los hombres de hoy añoran un mejor tiempo. Descanse en paz, Bolívar Echeverría

Transmisiones televisivas en México y en Alemania. Reporte comparativo

Posted by Fardus on 9:02

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LAS DIFERENCIAS ENTRE LAS TRASMISIONES TELEVISIVAS DE FÚTBOL EN MÉXICO Y EN ALEMANIA
Por Carlos Herrera

1. ¿Cuándo comenzó el partido?

¿Cuál o cuáles son los signos característicos que distinguen a una cultura de otra? Si por “cultura” se entiende al conjunto de logros artísticos, arquitectónicos, intelectuales, políticos, económicos, sociales, que dan forma a eso que podría llamarse difusamente “orgullo nacional”, entonces parece evidente que lo que le da a una cultura su estatuto de singularidad son los símbolos más sobresalientes a los que, por ésta o aquella razón histórica o anecdótica, el pueblo, la nación, el grupo dominante o la pura casualidad geográfica los han dotado de la capacidad de sintetizar una cantidad ingente de emociones, ideas, anhelos y hasta vocaciones inconscientes, en ocasiones muy a pesar de lo que esos símbolos mismos pretendían en un origen expresar. Así, verbigracia, la cultura francesa se distinguiría de la inglesa en que la primera cuenta en el centro de su capital, al lado del Sena, con un monumento enorme al desenfreno metálico de la sociedad occidental, de nombre Torre Eiffel, mientras que la segunda sigue aún obsesionada con la precisión cronológica marcada a las orillas del río Támesis por la grandiosa torre de piedra que es el Big Ben. Esta visión de las cosas que se puede denunciar fácilmente como superficial o incluso hasta kitsch, queda completamente relegada y superada cuando la noción de cultura se restringe (o se amplía) al ámbito del quehacer cotidiano en el que las masas (ya no los pueblos, entidades pasadas de moda, aún en reclamo de una identidad histórica) buscan afirmarse en su cotidianeidad presa entre el momento de su ausencia acústica y visual y el de su escenificación programada por la omnipresente industria cultural de nuestros días. Allí sí que el único elemento que permite distinguir los rasgos de una u otra “cultura” es la todavía dominante unificadora global de conciencias y anhelos de fama de quince minutos de duración: me refiero, por supuesto, a la televisión.

Si el triunfo de la idiosincrasia nacional se pudiera medir por las palabras pronunciadas a lo largo de un partido de fútbol televisado y por la cantidad de gritos fallidos de gol, de alargamientos de vocales que intentan capturar la emoción de todo un momento, de frases ingeniosas para expresar de mil maneras distintas lo único de importancia que el impaciente espectador espera escuchar (id est, que se ha marcado un gol), de apodos de última generación a los jugadores más sobresalientes (o más malos), de onomatopeyas sospechosas que sólo pueden entender los locutores mismos, de comentarios “expertos” cada cinco minutos, de anuncios acumulados en la pantalla hasta la desaparición del evento mismo que se está trasmitiendo, entonces, simplemente entonces, habría que afirmar sin ninguna duda que, frente a Alemania, México es el campeón mundial (o universal) de los rasgos típicos de eso que se podría nombrar “autoafirmación chovinista de la conciencia futbolística nacional” (porque al fin y al cabo eso es la idiosincrasia nacional, ¿no?).

Y es que cualquier mexicano (no me atrevo a opinar sobre otra idiosincrasia nacional) que se haya acercado en algún momento de su vida a ver (¿o debí decir “a oír”?) un partido de fútbol en tierras germanas, habrá experimentado de inmediato una sensación profunda de desasosiego que, si la asimilación del orgullo televisado nacional es elevada, entonces se transformará en una catástrofe de proporciones inimaginables. Porque, ¿qué se podría decir de un partido que arranca sin que las “erres” que conectan las dos primeras “as” de la palabra arranca (esto es, arrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrranca) no se alargaran hasta dar forma a una especie de aliteración solipsista (no estoy seguro que este sea el término correcto) de dimensiones cosmológicas? En verdad, si esto no sucediera, o si a algún comentarista se le olvidara indicar que ha iniciado un partido, ¿acaso podría decirse que el partido ha iniciado en realidad? Y eso es lo que casi siempre sucede en Alemania. Uno, a veces, no se da cuenta cuándo ha comenzado un partido sino hasta tres o cuatro minutos después, cuando por primera vez se hace patente que hay un comentador detrás de esa caja iluminada en la que veintidós hombres, moderados por un árbitro (Schiedsrichter, en alemán) y dos abanderados (Linienrichter), se disputan hasta la muerte la conciencia nacional de todos los espectadores que los observan.

En realidad, para el fanático alemán promedio, a diferencia del mexicano, eso es cosa de poca importancia. Su consumo televisivo de fútbol se parece más a lo que se experimenta cuando se asiste a un estadio (con excepción de lo que sucede en el Estadio Azteca, donde el embrutecimiento auditivo, bajo el auspicio de Televisa, se alarga más allá de los noventa minutos de partido), que a lo que se vive normalmente frente a una pantalla en la comodidad de la casa. ¿Cómo es esto posible? La respuesta es simple: al fanático alemán le fascina ver los partidos de fútbol perdido entre las multitudes aglutinadas en un Kneipe (bar, cantina), en una Mensa (comedor universitario) o en un aparatoso montaje al aire libre que muchas veces –si se realiza, por ejemplo, en una plaza universitaria o al lado de una biblioteca– prescinde incluso totalmente del sonido (a estos últimos eventos se les llama, importando la frase del inglés, “public viewing”, término, por cierto, mal empleado, pues en inglés significa algo así como “velorio”). Así pues, se podría decir, en una primera aproximación sociológica al caso, que en Alemania el gozo del fútbol trasmitido por televisión consiste más en la experiencia colectiva que se da en los espacios públicos o al aire libre, que en la idiotización acústica al amparo de semideficientes mentales, cuya única labor real radica en absorber las imágenes mediante sus palabras, a tal nivel que al final uno no sabe si lo que se hizo fue ver un partido de fútbol por televisión o se tuvo una especie de experiencia surrealista donde unos gritos enajenados de “tirititito” alternaron, sin mediación alguna, con mensajes ya ni siquiera subliminales sobre la comparación de la redondez del balón de fútbol con la forma esférica de las donitas bimbo. Sirva esto último para repensar el significado del término “idiosincrasia nacional”.

2. ¿A qué horas fue el gol?

Si a cualquiera de nosotros, amantes mexicanos del fútbol, se nos llegara a preguntar cuál es el momento definitorio de nuestras vidas y en qué grado la experiencia estuvo relacionada con la omnipresencia de los mass media, entonces, me parece, eliminando algunos momentos favoritos en los que nuestros sentimientos estuvieron muy a flor de piel, como por ejemplo, en la grabación de los primeros pasos de alguno de nuestros hijos, o en las fotografías de un cumpleaños verdaderamente especial o cualquier otro acto de esta naturaleza, la respuesta tendería a señalar casi seguramente al momento en que nuestro jugador favorito, en el partido más anhelado de todo nuestra vida, esto es, contra el adversario más detestable, hizo un gol maravilloso festejado de manera eufórica y hasta grotesca por los comentaristas televisivos, que así se conectaron de una u otra forma con lo más profundo de nuestro ser y de nuestras convicciones. ¿Cómo imaginar que el grito de gol, en ese preciso momento, no sea una parábola maravillosa del infinito extendido sin visos de conclusión hasta más allá de lo humanamente posible, como subrayando con tinta indeleble que el momento está ahí, que es nuestro y que permanecerá para siempre? Pero, entonces, en ese caso no hay experiencia más anticlimática para el espectador mexicano que lo que sucede en las pantallas televisivas alemanas. Allí los locutores dejan escapar, de manera simplemente incomprensible, el instante preciso de exacerbar los ánimos y elevar la voz al infinito para cantar las glorias de lo único que es cierto en esta vida, de lo único que llegó con la finalidad de alegrarnos, de darle sentido a nuestros actos, y se limitan a celebrar lo sucedido con un escueto Tor (gol), así, seco, dejando al sonido ambiental la última palabra, lo cual para alguien acostumbrado a sentirse parte de la “familia televisiva”, coordinada por los locutores, no le puede sino parecer una traición espeluznante, un espaldarazo que lo deja indefenso ante un mundo que, si bien festeja como él, no lo integra en un espacio de intimidad tal cual sólo lo puede ofrecer la voz del comentarista favorito en alianza con nuestros sentidos puestos totalmente a su disposición. Y luego hay quien dice que los mexicanos han perdido el respeto por la noción de familia.

3. No manches, ¿a poco ya se acabó el juego?

Yo siempre he pensado que el máximo respeto que se puede expresar a una persona, o si se quiere, la mínima deferencia que se le debe tener, consiste en avisarle con precisión los plazos en los que se va a desarrollar un evento del cual va a ser testigo. No basta, pues, con que el evento empiece y termine, sino que haya suficientes indicadores que le corroboren el comienzo (de manera estentórea, para que se sepa que algo importante está empezando) y el fin (con exactitud cronométrica). De otra manera el individuo podría perderse en la maraña inconmensurable de acontecimientos inesperados, lo cual al final podría tener consecuencias cuasi ontólogicas sobre el ser del sujeto en cuestión. Ya hemos comentado cómo se anuncia en México el inicio de un partido, ahora resta señalar cómo se patentiza su fin.

Quizás hubo un tiempo (creo que ya nadie lo puede saber con precisión) en el que en México el final de un partido se complementaba con una serie de entrevistas a los futbolistas más sobresalientes o al entrenador mismo, así como comentarios y análisis (digo, es un decir) al respecto del desarrollo del encuentro y la presentación de los goles y la jugadas más atractivas. Eso dificultaba, sin embargo, al espectador saber si el encuentro se había acabado o se trataba solamente de una pausa donde los jugadores se daban tiempo de hablar con los promotores de su esencia, para así contribuir al desarrollo de la intimidad entre el grupo familiar intertelevisivo. Tal era la dificultad que el televidente no sabía qué postura tomar ni qué emociones dejar salir, porque no había todavía una clara señal de que todo había concluido. Y eso molestaba, sin duda. Faltaban órdenes más nítidas, pues. Por eso ahora, cuando apenas el árbitro ha pitado el final del encuentro, se amontonan inmediatamente, sin pausa, montones de comerciales que marcan sin duda el fin y predisponen a nuevas sensaciones que, lejos de alejar al espectador, lo invitan a participar cómodamente desde su asiento de un montón de sueños y añoranzas donde él, de nuevo, está llamado a ser el protagonista central. Eso sí que es comprensible; eso sí que muestra un respeto y deferencia por el buen televidente.

En Alemania, en cambio, las cosas se siguen haciendo a la vieja usanza. No quiero implicar con esto que no haya comerciales o anuncios en la televisión después de un encuentro deportivo (al fin y al cabo nos encontramos en uno de los centros principales del llamado mundo capitalista). Pero las cosas se hacen con más pausa. Siguen existiendo las entrevistas con los deportistas y los análisis deportivos y no se salta de improvisto a los comerciales o se pasa a otro programa sin previo aviso. Sin embargo, me imagino, esto no es lo que más intranquilizaría al televidente mexicano. Porque tarde que temprano los anuncios llegan y con ello la normalidad televisiva. No, lo que más desasosiega e intranquiliza es que, llegado el momento de los comentarios, si los hay, las presencias relevantes no sean las de un Enrique Bermúdez, un André Marín o un Jorge Campos, por nombrar a algunos de los locutores más sobresalientes, sino las de un Franz Beckenbauer o un Oliver Kahn. O peor aún, que al final del juego no se aparezca ningún “compayito” echando desmadre con la banda futbolera… Y eso sí que enchila un buen, la neta.

Entrevista en la costa africana

Posted by Fardus on 10:14



ENTREVISTA EN LA COSTA AFRICANA

(Crónica de un encuentro con piratas)


Por Carlus H. (Corresponsal de Michingonada)

I

Berlín, Alemania, 7 de octubre de 2009. El día sábado 3 de septiembre del presente año, como a eso de las nueve de la mañana, me despertó de un sueño profundo el escandaloso timbre del teléfono. Tenía ya rato sonando, pero no me había querido levantar para nada porque apenas había podido conciliar el sueño tres horas antes, como consecuencia de una pachanga de antología en la que había tomado parte en la sección oriental de Berlín, ciudad en la que habito desde hace más de dos años. Había bebido tanto alcohol, que apenas sé cómo me pude levantar y llevar el auricular hasta mi oreja.

-Ja, Hallo...-dije, más muerto que vivo.

-¿Carlos?- me contestó una voz aguardientosa al otro lado de la línea. Reconocí de inmediato el acento mexicano.

-Sí…-contesté desganado.

-Soy Michi-gon. Tengo una misión para ti en las costas de África, cerca de Ghana.

Lo totalmente surrealista e inesperado de sus palabras me despertaron de repente. “Este güey se volvió loco”, pensé.

-No mames… –alcancé a decir.

-Así es, todo está listo si decides aceptar.

El tono de su expresión me recordó a alguien.

-¿Quién te crees, cabrón? ¿El pinche padrote de “Los ángeles de Charlie”, o qué pedo?

-¿Y tú quién? ¿La pinche Cameron Díaz?

Me di cuenta que la había cagado. Me callé durante un rato mientras él se reía y luego cambié el curso de la plática.

-A ver, a ver… ¿Cómo está eso de que quieres que me vaya a África? ¿De dónde salió esa mamada?

-Mira, no es tan complicado de entender –me contestó. La cuestión es que en el mapa internacional de Michingonada detectamos una señal de contacto cerca de las costas de Ghana y hace poco logramos comunicarnos con los cuates que desde allá han estado revisando la página. Se trata de unos pinches piratas somalíes que están medios locos pero que aceptaron la posibilidad de una entrevista. Te queremos enviar como corresponsal.

A esa altura de la conversación no me quedaba ya la menor duda de que ese güey estaba más grifo que la chingada y solamente estaba jugando conmigo. Me encabroné un poco.

-Oye cabrón, si no me equivoco son las putas dos de la mañana allá en México –le dije. Cómo se te ocurre gastar tu pinche dinero haciendo estas llamadas tan pendejas. Por más pasado que estés, digo, la neta no tiene sentido que hagas esto, güey.

-Mira, no se trata de ninguna broma –me aclaró. Si te llamé a esta hora fue tan sólo porque ya es de día en Alemania y sé que te podía encontrar…

-Aunque así haya sido, cabrón –lo interrumpí. ¿Para qué me llamas diciendo estas pinches mariguanadas?

-¡Oh, qué la chingada! –dijo medio desesperado. Que no es ninguna pinche mariguanada ni nada por el estilo, cabrón. Si aceptas, te mandamos para África y nos haces la entrevista y ya. Es más, para que me creas, mañana deposito la lana en tu cuenta.

-¡Ay cabrón! ¿Y de dónde vas a sacar esa lana? ¿Has estado vendiendo mota o qué?

-Michingonada ha crecido en serio –dijo sin titubear. Cada vez tenemos más lectores y los anunciantes han empezado a caer en masa. Por eso nos podemos dar el lujo de mandar un corresponsal a África.

-Bueno, ¿y por qué yo? –pregunté, metiéndome ya de lleno a la charla que hace un instante me parecía delirante.

-Pues porque eres el único que conozco que está del otro lado del charco. Nos sale más barato mandar a una persona desde allá que desde acá…

-A dos, dirás.

-¿Cómo que a dos? –me preguntó.

-No creas que me voy a ir hasta ese pinche continente así como pendejito, allí solo. Ni madres, me voy con un cuate… -en ese instante reflexioné. Oye, ¿qué pinche idioma hablan los somalíes?

-Tienen tres lenguas: el somalí, el árabe y el italiano.

-Bueno, cabrón, por lo menos hablan italiano. Yo puedo un poco. Pero conozco a alguien que habla chingón el árabe, así que ya la hicimos. Entonces dos, como te digo.

-Bueno, pues, ya ni pedo, dos. Pero no vayan a desviarse por el camino y se queden chupando y echando desmadre por otra parte…

-Cabrón, soy profesional –le dije medio indignado. Además, lo que no entiendo es por qué los piratas esos están hasta Ghana. ¿Somalia queda hasta el otro lado del cuerno, no? –comenté, sacando a relucir mis pocos conocimientos geográficos.

-Así es, cabrón. Esa es otra cosa que nos intriga. Pues ya nos lo dirás tú.

-Bueno, va. Si para mañana no está el pinche dinero en la cuenta, mejor vete despidiendo de tu corresponsal.

Y así nos quedamos platicando un rato más, acordando la suma de dinero y otras cosas necesarias. Luego colgué. Me quedé un rato pensativo, pero la verdad es que todavía estaba medio borracho. Me dormí al instante.


II

El miércoles 7 de septiembre partí en avión, junto con mi compañero de viaje Michael (se pronuncia Mijael), con destino al aeropuerto de Accra, en Ghana. Una vez que llegamos allí nos trasladamos en camión al puerto más cercano, que quedaba como a una hora de camino. Como todos hablaban inglés, pudimos llegar sin dificultad hasta la zona de autobuses y tomar uno casi sin contratiempos. Llegando al puerto había que esperar todavía un tiempo más en un sitio que los piratas habían indicado, hasta que un tipo se acercara y nos dijera algo en italiano. Esa sería la señal para seguirlo y tomar una lancha que nos llevaría hasta el barco, el cual en realidad estaba situado muy lejos de la costa, en aguas internacionales, para evitar cualquier enfrentamiento con las policías marítimas de los diversos países.

El pinche Michael estaba bien contento. Era la primera vez que se encontraba en África (también yo) y nunca se había imaginado que dicho viaje lo haría gratis. Apenas le propuse lo de la mariguanada de entrevista y aceptó de putazo. Para mí mejor, porque el cabrón era un pinche políglota de miedo. Además del alemán y del inglés, ambas sus “lenguas maternas”, el cabrón dominaba el francés, el árabe (el cual había estudiado en la universidad) y masticaba algo de español.

-Ya ves, pinche Micha –le dije–, de algo te sirvió aprender tantos idiomas.

-Sí, ya lo creo –me dijo con su acentote alemán. Pero hay que aprovechar para estar desmadres –en verdad quiso decir “echar desmadre”, pero apenas empezaba a dominar el mexicano.

-Pues no te me emociones tanto, cabrón –le dije. Primero lo primero. Hay que chambear un rato y después a ver a qué pinche congal africano nos lanzamos. ¿Okay?

-Okay –respondió.

Y ahí nos quedamos un rato sentados sobre un malecón, mirando a veces al mar y otras hacia la multitud, donde de vez en cuando pasaban unos culitos ghanenses de mega lujo.

-¿A poco tú no chingarías esas nalgas, pinche Micha?

-Yo creo que sí. Yo me las chingo –dijo, experimentando por primera vez la polisemia de la palabra chingar.

-Pinche jarioso de mierda –le solté, y me puse a reír dándome cuenta de que él apenas si me entendía.

Al poco rato se nos acercó un señor alto y fornido, con una vestimenta y un sombrero blanco que contrastaba con su piel totalmente oscura. Portaba unos lentes negros.

-Buongiorno signori – nos dijo.

-Buon giorno –le contesté, volteando repentinamente, porque en ese momento miraba hacia el océano.

Los dos nos pusimos de madrazo de pie y nos quedamos viendo sin saber qué onda. El cuate nos hizo una seña con la mano y lo seguimos sin preguntar nada más. El tipo rodeó el pequeño malecón y luego bajó por unas escaleras de piedra, hasta llegar a un espacio plano, rodeado de rocas puntiagudas donde se estrellaba sin tanta fuerza el agua del mar. Allí nos aguardaban sobre una lancha de motor dos pinches rambos negros, de casi dos metros de altura, cada uno con una metralleta en la mano. Nos quedamos viéndonos el uno al otro totalmente pasmados, pensando al mismo tiempo “aquí ya nos chingaron todititos”.

-Andiamo, andiamo presto –dijo el señor del sombrero blanco y lentes oscuros y no quedó de otra más que ponerse a caminar con un puta madral de miedo encima y subirse a la lancha sin chistar siquiera.

-Con que no nos quieran coger estos pinches negros –le dije a Michael al oído–, porque la neta yo prefiero echarme al mar y morir allí ahogado.

-Silenzio –nos reprendió el tipo del sombrero y nos quedamos callados durante todo el trayecto, que resultó ser demasiado largo.

Al cabo de tres horas de viaje se divisó un barco en el horizonte. Hasta nuestros oídos llegaba un sonido distorsionado que no alcanzábamos a distinguir del todo bien. Al acercarnos más nos dimos cuenta de que se trataba de música, específicamente de una cumbia colombiana. Nos sorprendimos un chingo, pero igual no dijimos nada por miedo a volver a ser reprendidos.

La lancha se paró al lado del barco y pronto lanzaron una escalerilla desde la cubierta. El cuate del sombrero se paró, pero los pinches rambos negros se quedaron allí sentados. Pronto empezó a subir por la escalerilla y nosotros pensamos que lo teníamos que seguir, pero al intentarlo uno de los dos tipos con metralleta se paró en frente de nosotros y nos impidió el paso. Nos detuvimos en seco y luego nos sentamos. “Ya valió madres”, me repetía una y otra vez en silencio, viendo entristecido al pinche Michael. “Aquí nos secuestran y nos cogen. Pinche Michi-gon de mierda, para qué acepté este puto trabajo”.

Durante media hora no pasó ni madres. Nosotros ya estábamos que nos llevaba la chingada y además pegaba un sol de mierda sobre nuestras cabezas y no teníamos ni con qué cubrirnos. Lo único que habíamos llevado eran dos pinches mochilitas, una cada uno, que cargábamos sobre los hombros, con alguna ropa adentro, pero ninguna gorra ni sombrero. Michael ya medio desesperado abrió su mochila y sacó una playera que se puso sobre la cabeza, que para ese momento le ardía hasta la chingada, pues la tenía toda rapada y era más blanco que nada. La cosa es que ya pasado un buen rato se asomó por la escotilla el cabrón del sombrero blanco y nos gritó que subiéramos. Sin esperar más, ni ver el rostro de los dos piratas bien mamados que nos custodiaban, nos paramos y comenzamos a subir por la escalerilla. Mientras ascendíamos nos dimos cuenta que la música había dejado de reproducir un ritmo latinoamericano y ahora se dejaba escuchar un compás africano que desconocíamos del todo, pero que igual motivaba a danzar.

Una vez ya en la cubierta salió a nuestro encuentro un mulato de estatura mediana que hablaba inglés.

-Welcome, Michi-gon –me dijo abriéndome los brazos, pensando que yo era el güey que lo contactó desde México.

Yo recibí el abrazo gustoso, sin dar ninguna explicación de mi identidad, pues era la primera muestra de afecto que recibía desde hacía un buen rato y no quería que una impertinencia mía rompiera el encanto.

-This is your home Michi-gon. Do what you fucking want –me dijo, con ese acento de inglés africano, tan difícil de entender al principio.

-Thank you very much mister X –así me habían dicho que lo tenía que nombrar. I appreciate your words. Here is my partner. He comes from Germany.

-From Germany! What the fuck! You’re welcome too –y lo abrazó igualmente.

La verdad es que al comienzo me sorprendió mucho ese recibimiento tan efusivo que contrastaba con el trato frío y seco del cuate de sombrero blanco, el cual seguía parado al lado de nosotros, impasible, sin hacer siquiera un gesto. Pronto me di cuenta, sin embargo, que el dichoso Mister X olía fuertemente a alcohol. Se veía que tenían un pinche guateque del demonio, en el piso inferior del barco.

-Come in, follow me –nos dijo el pinche Mister X y se introdujo por la puerta que conducía a los pisos inferiores, a donde lo seguimos contentos.

Cuando llegamos al lugar exacto nos quedamos con la boca abierta. ¿Ese era un pinche barco pirata? ¡No me chinguen! Parecía más bien una pinche mezcla entre un casino de las vegas y un burdel de lujo. Allí había pieles de todos los colores y sabores, vestidas de la manera más elegante, que de sólo verlas se le paraba a uno el corazón. El pinche Michael y yo no pudimos reprimir la sonrisa que se extendió de oreja a oreja por nuestros rostros y que delató en seguida todas nuestras intenciones más perversas. El Mister X se cagó de la risa al ver nuestras caras maliciosas.

-Choose your girls, boys, choose your girls –nos gritaba entre carcajadas.

El pinche Michael estuvo a punto de bajarse ahí mismo los calzones, ya sin ningún pudor y valiéndole madres quién estuviera presente, para agarrar a la primera muchacha que se encontrara y fornicar con ella a la vista de todos, si no lo hubiera retenido de pronto, recordándole cierta prudencia.

-Espérate cabrón, si no es una orgía –le dije. Se me hace que cada quien se las lleva a su camerino.

Y el pinche Mister X ratificó mi sentencia diciéndole al Micha, “take it easy boy, take it easy”. Primero nos presentó con todos los “piratas”, los cuales sin excepción eran de piel oscura, y luego con las chicas que, como ya dije, eran de todos los sabores y colores. Pronto cada quien eligió la suya (Michael una negra azabache con un culo que estaba a punto de reventar el pantalón que lo resguardaba; yo, con una pelirroja de uno ochenta que si no te fijabas te sacaba un ojo con las chichis) y nos pusimos a beber y a platicar como podíamos, mezclando a lo pendejo palabras en todos los idiomas para hacernos entender lo mejor posible. La cuestión es que lo que tenía que suceder sucedió y cuando salimos de los camerinos donde nos habíamos revolcado como cerdos, allí estaba el grandioso Mister X (para nosotros ya grandioso para ese momento por lo que nos había regalado), con uno de esos rambos negros que los escoltaba con una metralleta imponente. Entonces nos dijo (a partir de este momento reproduzco la conversación solamente en español, para evitar cualquier barbarismo):

-¿Se divirtieron, muchachos? –nos preguntó serio.

-Pues nada más véanos nuestras caras Mister X –le contesté. Me cae que sí se lució, muchas gracias. ¿No sé si quiera de una vez comenzar la entrevista que teníamos planeada, o la postergamos para otro momento?

-No va a haber otro momento –nos dijo. Debe de ser ahorita.

La respuesta nos sorprendió un poco. Su rostro estaba algo cambiado, no tan alegre como poco tiempo atrás. Sea como sea, sin detenernos a pensar mucho en ese cambio repentino, lo seguimos hasta la proa donde había algunos asientos dispuestos. Los tres nos sentamos (el escolta se quedó parado).

-Antes que nada Mister X –le dije–, tengo que confesarle algo.

Mister X se quedó viéndome un tanto intrigado.

-La verdad es que yo no soy Michi-gon, sino tan sólo un corresponsal del diario que él dirige, Michingonada. Creo que es mejor que lo sepa de una vez, para evitar cualquier confusión posterior.

-¿Cómo, no eres Michi-gon? ¿Entonces este güey (en verdad dijo guy) no es tampoco el Meiners?

-No, para nada. Él se llama Michael. Los dos venimos sólo como corresponsales, para hacerle una entrevista exclusiva.

-¿Entonces ustedes se comieron a las dos chicas que estaban destinadas para ellos?

-Pues la verdad lo hicimos sin saber que nada más eran para ellos, Mister X –le dije.

-Pues, bueno –nos dijo–, eso es lo de menos. Si los güeyes no vinieron es su pedo (en realidad, dijo problem), no de ustedes. Ustedes las disfrutaron y lo demás es historia… Pero, a ver, díganme, ¿para qué quieren una entrevista con nosotros?

-Bueno, lo que sucede es que entre los editores de Michingonada generó un poco de extrañeza el encontrar en el mapa internacional una señal proveniente de la costa africana. Por eso se comunicó Michi-gon con ustedes, para saber qué les hizo interesarse por la página de Michingonada.

-¿Eso es todo?

-No, no sólo. El hecho es que al saber que se trataba de piratas somalíes nos pareció interesante entrevistarlos para saber por qué se dedican a esta actividad y cuáles son sus intenciones o planes a futuro y publicar, por supuesto, todo eso en el periódico.

-Ah, okay, lo entiendo.

-Entonces díganos, Mister X –intervino repentinamente Michael, que hasta ese momento había permanecido callado. ¿Por qué se interesó por la página de Mis chingones?

-Sinceramente yo he revisado pocas veces esa página. Quien la ha checado más es uno de los muchachos que sabe algo de español. La cuestión es que, según sé, el chico estaba tratando de encontrar una página porno de chicas de Michigan, pero al estarlo haciendo escribió mal el nombre del lugar y puso Michigon, por lo que apareció de repente en el buscador la opción de la página de Michingonada, a la cual se metió porque reconoció palabras en español. Desde entonces la revisa de vez en cuando, porque dice que en ocasiones tiene cosas chistosas, pero obviamente yo no entiendo nada. Lo que sí, es que cuando Michi-gon hizo el contacto con nosotros, me comentó lo de una entrevista y como el güey me cayó simpático, pues se la concedí. Eso ayudará también a cambiar la percepción que la gente tiene de nosotros. Porque gracias a la medios de comunicación se nos ve como unos monstruos desalmados, pero no somos nada de eso.

-Así que sus piratas se dedican a revisar páginas pornos por internet.

-¿Y para qué otra cosa sirve el internet? Además, la vida de un pirata es muy solitaria…

-Ahí sí discúlpeme, Mister X –interrumpió Michael–, pero eso de “vida solitaria” como que no se lo creo. ¿Y todas estas chicas y el ambiente de casino? Como que esto no luce muy triste…

-Sí, claro – dijo Mister X. ¿Pero de dónde crees que sale todo eso? Hay que chambearle (en verdad, usó la palabra work) para luego darse estas escapaditas. Durante la mayor parte del año nos la pasamos robándole el petróleo a los barcos de las grandes empresas, para luego venderlo en el mercado negro. De ahí, con lo que se junta, nos agarramos dos meses para recorrer toda África, yendo puerto por puerto, eligiendo a las mejores muchachas de cada lugar y dándonos la gran vida durante este tiempo. Pero, después, regresamos al trabajo, que es muy duro.

-Ah, canijos –le dije. O sea que ustedes son piratas durante diez meses del año y después, los siguientes dos, se montan su burdel particular con chicas de todo el continente. No, pues eso sí que es una buena idea… Por eso los encontramos ahora en Ghana.

-Así es, pero esto ya llega a su fin. Justo Michi-gon nos localizó cuando estábamos al final de nuestro recorrido. Ahora tenemos que regresar a Somalia, porque allí uno puede hacer lo que se le hinche a uno la gana. Casi como en México, mi estimado, con el Felipe Calderón.

-O sea que, a pesar de haber revisado poco la página, le ha servido de algo la información de Michingonada –le comenté.

-Pues ya ve, mi buen, para algo ha servido leer esa página. Con la información que nos dan, ya hasta se nos está antojando ir a trabajar allá. Imagínese, le robamos el petróleo al pinche PEMEX que ya está casi privatizado, los vendemos, y luego nos vamos dos meses de puerto en puerto, recogiendo a las mejores chicas de Latinoamérica. ¿Qué le parece?

Al pinche Michael y a mí se nos pusieron los ojos cuadrados de pura alegría.

-No, pues la neta si lo hace, cuente con nosotros de inmediato como nuevos piratas –intervine.

-Yo hasta hago base en Brasil y Argentina –dijo el pinche Michael, nada pendejo.

El Mister X se cagó de la risa de nuevo.

-¡Ah, qué muchachos estos! Pues dicho y hecho. Si tomamos la decisión les informamos de inmediato. ¿Acordado?

-¡Acordado! –dijimos los dos al unísono, como si ya fuéramos piratas y estuviéramos bajos sus órdenes.

Así terminó la breve entrevista con Mister X, capitán de un barco diez meses pirata y dos meses burdel marítimo. Durante la noche que permanecimos ahí nos trataron muy bien y al día siguiente nos condujeron al mismo puerto de donde habíamos zarpado el día anterior. Nos quedamos todavía una semana más en Ghana y disfrutamos mucho de ese bello país africano. Luego regresamos a Alemania, cada quién a sus actividades. Nos encontramos sólo una o dos veces por semana, pero cada que lo hacemos nos preguntamos si alguno de los dos ha recibido información sobre el proyecto de piratería en las costas de México. Hasta la fecha no hemos recibido nada, pero la verdad es lo único que esperamos con todo el corazón durante el transcurso del tiempo. Como dicen en Peter Pan: no cabe duda que la de un pirata es la vida mejor.

Aquí les dejo una bonita postal de la banda pirata de Mister X para Mischingones .

¡Saludos para la banda que colabora y sigue La Michingonada!
La banda pirata de Mister X

Güera ar yu from

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